¿Te has preguntado alguna vez por qué cuesta tanto pero es tan importante aprender a decir no? Son solo dos letras. Pero, posiblemente, se trate de las más difíciles de pronunciar de cuantas existen.

Hace unas semanas, una de mis lectoras me pidió que escribiese un post dedicado a esta sencilla palabra. Ya que, según había observado, era el origen de la mayoría de sus problemas. Puesto que, por no saber negarse a las peticiones de los que la rodean, terminaba haciendo cosas que no deseaba o que la hacían posponer sus necesidades en función de las ajenas.

Con frecuencia, pensamos que «decir no» a las demandas o sugerencias de los demás nos convierte en en malas personas o egoístas. No es cierto. En ningún caso, se trata de decir que no sistemáticamente. Sino de encontrar un equilibrio entre nuestras necesidades y las de los que nos rodean.

Saber decir NO a tiempo es importante. Porque nos permite ser los dueños de nuestra vida, poner límites y no ceder a manipulaciones ni chantajes

Aprender a decir no para establecer límites

Desde el punto de vista emocional, dar una negativa está muy relacionado con el respeto. Sin embargo, decir «no», nos ayuda a poner y definir límites.

El problema surge cuando no nos atrevemos a poner esos límites por miedo a dañar. Y, al final, resultamos dañados nosotros. Porque, la persona que no pone límites, se convierte en el contenedor de basura del resto.

¡Desde aquí te aviso! Cuidado con el miedo a dañar y la necesidad de complacer.

Es verdad que podemos haber sido  educados para complacer y agradar a las personas y pensamos que si no lo hacemos, el otro sufrirá o se enfadará con nosotros. Sin embargo, la realidad es que hacer esto nos lleva irremediablemente a perdernos el respeto. Deja entrar en nuestra vida a invasores y nos impide ser asertivos.  El resultado es una gran sensación de frustración, impotencia y rabia. Por no haber sido capaces de respetar nuestros valores, nuestros deseos y nuestras decisiones.

Por ese motivo… queda prohibido sentirse culpable por poner un límite. ¿De verdad te sientes culpable por ponerlos para que refuercen el respeto por ti y ayuden a los demás a no ser invasivos? Cuando actuamos en base a nuestros valores y principios y, tomamos una decisión, no queda espacio para la culpa.

Valoramos y amamos porque respetamos. Y a quien más respetamos es a quien sabe poner límites y decir «no».

La clave está en la asertividad

Aprender a decir no,  está muy relacionado con la asertividad.  Una habilidad de la que he hablado en anteriores post y te animo a volver a leer a raíz de este tema.

Si recordamos, ser asertivo es «saber comunicar nuestros derechos, expresar nuestras opiniones y hacer sugerencias de forma clara y honesta. Respetando a los demás y, sobre todo, respetándonos a nosotros mismos».

Cuando somos asertivos entendemos que los derechos de los demás están a la misma altura que los nuestros. Y, desde ahí nos atrevemos a comunicarlos de una forma amable, directa y sin rodeos. Aquí nos podemos encontrar con un punto de bloqueo. Puesto que, para poder exigir nuestros derechos, tenemos que sentir que lo merecemos.

Los miedos y las inseguridades personales nos pueden llevar a creer que nuestro criterio es menos importante o menos cierto que el de los demás. Afectando negativamente a nuestra autoestima y colocándonos en una posición de inferioridad con respecto al otro.

Por eso, lo primero que debemos hacer es aprender a respetarnos, querernos y aceptarnos a nosotros mismos. Porque, solo así, podremos aprender a comunicarnos asertivamente.

Que alguien nos pida algo no quiere decir que estemos obligados a decir que sí. Los niños saben esto perfectamente. Es más, cuando se trata de educar a nuestros hijos, todos lo entendemos perfectamente. Que ellos nos pidan algo no quiere decir que los padres, estemos obligados a dárselo. Sin embargo, cuando extrapolamos esto a otros ámbitos nos entran dudas y nos responsabilizamos de los demás.

Ayudar a quien lo necesita nos hace sentir bien. Pero, siempre que lo hagamos encontrando un equilibrio entre ellos y nosotros. Porque, una cosa es ayudar y otra dejar que se aprovechen de nosotros.

Y, si te cuesta trabajo, recuerda que como cualquier habilidad, la asertividad se aprende. Empieza practicando con pequeños detalles. Por ejemplo, di «no» a cosas que no sean muy importantes y poco o poco irás viendo que no pasa nada. Esas consecuencias negativas que imaginabas suelen estar magnificadas. Y, en contraposición, empezarás a sentirte bien. Porque puedes hacer lo que quieres porque quieres. Y no por estar obligado a ello.

Desde aquí, te animo a poner estas ideas en práctica en tu vida. Sin pensarlo y sin dudar. ¡Desde hoy mismo!

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