Parece normal pensar que en el proceso de crecimiento de los hijos, los padres también sufren transformaciones y duelos que conviene afrontar.

Igual que el nacimiento de un hijo, la llegada de éste a la adolescencia supone un impacto en la estructura familiar, que se  ve obligada a reestructurar los roles y las formas de interacción que hasta ahora le habían dado resultado.

Como imaginas, ser padre de un hijo adolescente puede convertirse en un verdadero trabajo. Algo pesado y farragoso con lo que hay que lidiar. O, por el contrario, puede convertirse en una magnífica oportunidad de crecimiento personal.

Cuando uno se convierte en padre, la estructura familiar se ve modificada. Se pasa de ser dos personas adultas e independientes, con unos roles definidos dentro de la pareja, a ser papá y mamá. Esto, obliga a buscar un nuevo lugar en la familia.

Cuando nace el niño, éste debe incluirse en el espacio de la pareja, por lo que el primer cambio que se produce es el del “espacio físico” para acoger al bebé. Se tiene que producir un reposicionamiento de los padres, que antes sólo eran un hombre y una mujer. Y que, de pronto, pasan a tener un rol diferente. El niño es el que da esa entidad.

Y, cuando parece que uno se ha acostumbrado a este papel, a esa identidad que los hijos han proporcionado. A los cambios en los espacios físicos… ¡todo vuelve a cambiar! Porque ese pequeño ha crecido. En ese proceso de crecimiento de los hijos, los padres se encuentran con un “ser” que les pone delante toda su frustración, sus  conflictos, sus cambios. Entonces surgen preguntas como … ¿Quién es este joven que se ha comido a mi hijo? O, ¿por qué me mira como si me perdonase la vida?

Vivir el proceso de crecimiento de los hijos como algo natural

Cuando llega este momento, los padres debemos realizar nuestro propio duelo por la pérdida de nuestro “bebé”.  Soltar, dejar que se aleje de nosotros en todos los sentidos. Y asumir que forma parte del proceso de crecimiento de los hijos.

Se trata de un proceso que puede resultar doloroso. En especial, si uno se resiste. Si no se aceptan los nuevos sentimientos que van apareciendo en el adolescente. E, incluso, en nosotros mismos. Si se insiste en seguir manteniendo las mismas dinámicas de comportamiento.

Estos padres sufren muchísimo el cambio de la infancia a la adolescencia. Idealizan la etapa infantil de los hijos. Para ellos, la mejor etapa de su vida. Por eso, cuando llega la adolescencia, la viven de forma traumática. ¿El motivo? Porque ven acabar el tiempo en que su hijo dependía ellos. Además, viven con dolor la petición de independencia del chico para descubrir su propia identidad fuera de la familia. No ceden ante el reclamo de cuotas de libertad e intentan retener, de forma totalmente inconsciente, el camino hacia la autosuficiencia de los hijos.

Cuando esto ocurre, la confrontación con los hijos es habitual. Como sabes, forma parte de su proceso de crecimiento y maduración. Y, además es necesario que se produzca. El adolescente está obligado a soltarse de los padres. Y los padres estáis obligados a dejar que se suelte.

No es tarea fácil encontrar el equilibrio entre la libertad, la transmisión de valores, el establecimiento de los límites. Pero es necesario ser conscientes de la necesidad de aceptar que nuestro hijo va a dejar de ser niño. Y va a convertirse en un adulto que, si todo sale como tiene que salir, “no nos necesitará”.

Por supuesto, durante este proceso es fácil sentirse perdidos o confusos. Si ese es tu caso… ¡no hay que tener miedo de pedir ayuda! El papel de los psicólogos y coaches es precisamente ese. Somos expertos en ayudar a las familias. No sólo a entender los momentos por los que pasan los hijos, sino también a aceptar y resolver los que pasamos nosotros mismos como padres. ¡Compruébalo!  Recuperarás la confianza en ti mismo  y mejorarás las relaciones con tu hijo.

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